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El deán de Santiago y don Illán

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Un día, el conde Lucanor consultó a Patronio sobre un hombre que había acudido a él en busca de ayuda. Al principio, aquel hombre le había prometido hacer cuanto pudiera por el beneficio y la honra del conde. El conde comenzó a favorecerlo, pero, antes de que el asunto quedara resuelto, el beneficiario dio su éxito por seguro. Desde entonces, cada vez que Lucanor le pidió algo que estaba en su mano conceder, encontró una excusa.

El negocio seguía inconcluso y no podría terminar sin la intervención del conde. ¿Convenía, pese a todo, llevarlo hasta el final? Patronio propuso responder mediante lo sucedido al deán de Santiago con don Illán, el gran maestro de Toledo. Lucanor le pidió que contara la historia.

Había en Santiago un deán, un alto cargo de la Iglesia, que deseaba ardientemente aprender el arte de la magia. Al saber que don Illán dominaba aquella ciencia mejor que nadie, se dirigió a Toledo. Apenas llegó, fue a su casa y lo encontró leyendo en una estancia apartada. El maestro lo recibió con cortesía y declaró que no escucharía una palabra sobre el motivo de la visita hasta que hubiera comido. Le proporcionó buen alojamiento y cuanto necesitaba, mostrándose complacido de tenerlo como huésped.

Después de la comida hablaron a solas. El deán expuso su propósito y le suplicó que le enseñara aquello que tanto deseaba conocer. Don Illán no rechazó la petición, aunque manifestó un recelo. Su visitante ocupaba ya una dignidad importante y podía alcanzar otras mucho mayores. Quienes prosperaban, observó, solían olvidar los servicios recibidos una vez satisfechas sus ambiciones. Temía, por tanto, que el agradecimiento futuro no estuviera a la altura de las promesas presentes.

El deán le aseguró que se equivocaba. Por mucha fortuna que alcanzara, nunca dejaría de hacer lo que su maestro le pidiese. Conversaron sobre el asunto desde la comida hasta la hora de cenar y, finalmente, llegaron a un acuerdo.

Don Illán explicó entonces que aquellos conocimientos solo podían estudiarse en un lugar muy retirado. Esa misma noche le mostraría dónde permanecerían hasta completar el aprendizaje. Lo tomó de la mano y lo condujo a otra habitación. Antes de apartarse de los demás habitantes de la casa, llamó a una criada y le encargó unas perdices para la cena, advirtiéndole que no las asara hasta recibir una nueva orden.

A continuación, maestro y discípulo descendieron por una escalera de piedra cuidadosamente construida. Bajaron tanto que parecía que el Tajo debía de correr por encima de sus cabezas. Al pie de la escalera encontraron habitaciones cómodas y un estudio bien dispuesto, provisto de los libros necesarios. Se sentaron a examinar por cuáles convenía comenzar.

En aquel instante entraron dos hombres con una carta del tío del deán, que era arzobispo. Se encontraba gravemente enfermo y le rogaba que acudiera sin demora si quería verlo con vida. La noticia afligió al deán, dividido entre la preocupación por su tío y la resistencia a interrumpir unos estudios recién iniciados. Finalmente resolvió no abandonarlos tan pronto. Escribió una respuesta y la envió.

Tres o cuatro días después llegaron otros mensajeros, esta vez a pie. Traían cartas que anunciaban la muerte del arzobispo y la elección de su sucesor. Con ayuda de Dios, esperaban que el elegido fuera el deán. Por eso le recomendaban no apresurarse a volver: resultaba preferible que el nombramiento se produjera en su ausencia.

Al cabo de siete u ocho días aparecieron dos enviados magníficamente vestidos. Le besaron la mano y le entregaron las cartas que confirmaban su elección. Don Illán dio gracias por que tan buena noticia hubiera llegado mientras su huésped estaba en su casa. Puesto que su huésped había recibido semejante favor, don Illán le pidió a su vez uno: que concediera a su hijo el puesto de deán que acababa de quedar vacante.

El nuevo arzobispo le rogó que aceptara otra solución. Deseaba reservar aquel cargo para su hermano, pero encontraría una dignidad eclesiástica que satisficiera al hijo del maestro. Invitó a ambos a acompañarlo a Santiago, y don Illán consintió.

Fueron recibidos allí con honores. Pasado algún tiempo, llegaron cartas del papa que otorgaban al arzobispo el obispado de Toulouse y lo autorizaban a disponer de su cargo anterior. Don Illán le recordó encarecidamente lo convenido: aquella era la ocasión de beneficiar a su hijo.

El arzobispo volvió a pedir paciencia. Quería dejar el puesto a un tío suyo, hermano de su padre. El maestro le hizo notar lo injusto de su conducta, aunque aceptó esperar si podía confiar en una compensación posterior. Recibió una promesa firme y una nueva invitación para trasladarse con su hijo a Toulouse.

Los condes y principales señores de la ciudad los acogieron amablemente. Unos dos años después, otra carta pontificia elevó al obispo a cardenal y le permitió elegir quién ocuparía el obispado. Don Illán acudió de nuevo a reclamar lo prometido. Tras tantos incumplimientos, parecía imposible encontrar otra excusa.

Sin embargo, el cardenal la encontró. Tenía un tío por parte de madre, anciano y digno de consideración, a quien deseaba entregar el cargo. Ahora que iba a la corte pontificia, aseguró, abundarían las oportunidades de recompensar al maestro. Don Illán protestó amargamente, pero una vez más decidió seguirlo.

En la corte recibieron también una acogida favorable y permanecieron largo tiempo. Día tras día el maestro solicitaba alguna merced para su hijo; día tras día el cardenal aplazaba la respuesta. Entonces murió el papa, y los cardenales eligieron para sucederlo a aquel mismo hombre.

Don Illán compareció ante él. Ya no quedaba, a su juicio, pretexto alguno para faltar a su palabra. El nuevo papa le replicó que no debía apremiarlo tanto: siempre habría una ocasión apropiada para concederle un favor razonable.

El maestro se indignó. Le recordó todas las promesas que había hecho sin cumplir ninguna. Aquello era exactamente lo que había temido en Toledo. Si ni siquiera después de llegar a la dignidad suprema estaba dispuesto a recompensarlo, no había motivo para seguir esperando.

El papa montó en cólera. Comenzó a insultarlo, lo llamó hereje y hechicero y amenazó con encarcelarlo si persistía en sus exigencias. Sabía perfectamente, añadió, que en Toledo no tenía otro oficio y que vivía de la magia.

Ante semejante respuesta, don Illán se despidió. Ni siquiera logró que le proporcionaran alimentos para el camino. Dijo entonces que, a falta de otra comida, tendría que recurrir a las perdices encargadas para aquella noche. Llamó a la criada y le ordenó que las pusiera a asar.

Apenas pronunció esas palabras, el papa se encontró otra vez en Toledo. No era papa ni cardenal ni obispo: seguía siendo el deán de Santiago, tal como había llegado. La vergüenza lo dejó sin respuesta.

Don Illán le dijo que podía marcharse. Lo había probado lo suficiente para saber qué gratitud cabía esperar de él. Hasta darle una parte de las perdices sería desperdiciarlas.

Patronio concluyó que Lucanor ya había hecho bastante por el hombre que solicitaba su ayuda. No debía seguir trabajando ni exponiéndose para elevar a alguien capaz de recompensarlo como el deán había recompensado a su maestro. El conde consideró acertado el consejo, lo siguió y obtuvo buen resultado.

Don Juan Manuel, el autor, juzgó útil el ejemplo y mandó incluirlo en su libro, acompañado de unos versos cuyo sentido era este: si quien recibe tu ayuda no la agradece, menos puedes esperar de él cuando, gracias a ti, prospere.


English summary · includes the ending

Count Lucanor asks whether he should continue helping a man who repeatedly refuses to return his favours.

His adviser tells him about a church official who visits don Illán in Toledo to learn magic. Don Illán fears that the visitor will forget his promises if he becomes powerful. Before beginning the lessons, he tells a servant to prepare partridges but wait before cooking them.

The visitor then appears to rise through a series of important church positions. Each time, he refuses to give a vacant post to don Illán’s son, choosing a relative instead. Eventually he becomes pope. When don Illán protests, he threatens him and refuses even food for his journey home.

Don Illán calls for the partridges to be cooked. Suddenly they are back in Toledo on the original evening: the entire career was a magical test. Don Illán dismisses the ashamed visitor, having seen what his promises are worth.

Adapted for Lejrbår from the credited source.
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